The H-Word: El libro de Perry Anderson sobre la hegemonía

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Con el fin de mantener a raya a los poderosos persas en el siglo V antes de Cristo, las ciudades Estado griegas formaron la Liga de Delos. La Liga la lideraba Atenas. ¿Pero ¿qué naturaleza tenía la preeminencia ateniense? Se trataba de una superioridad impuesta por la fuerza, que ordenaba sólo un asentimiento forzado, o se fundaba en última instancia la Liga en el apego y el consenso? Los contemporáneos no se ponían de acuerdo ni tampoco se avienen los historiadores. Pero el término clave acuñado en el curso de esa discusión ha seguido resonando como un eco a lo largo de los milenios. Lo que ejerció primero Atenas y luego Esparta, nos cuenta Aristóteles, fue la hegemonía. El término cayó en desuso con los romanos: para ellos bastaba con la República y el Imperio.
Pero tal como muestra Perry Anderson en su fascinante historia, The H-Word, la discusión sobre la hegemonía revivió a mediados del siglo XIX a manos de quienes fantaseaban que en la Alemania fracturada postnapoleónica, Prusia podría desempeñar el papel que antaño tuvo Atenas en Grecia. Desde entonces, la discusión sobre la hegemonía no ha desaparecido jamás. El término lo pusieron en circulación marxistas revolucionarios, teóricos de relaciones internacionales, científicos políticos y economistas. Hoy en día, la hegemonía es el pan nuestro de las páginas de opinión de alto copete intelectual. Con el ascenso de Trump, ¿ha concluido la hegemonía del liberalismo al estilo de Davos? ¿Surgirá la Alemania de Angela Merkel como nuevo hegemón liberal, o ha pasado a Beiying el manto del liderazgo global? Para Anderson, una de las voces más destacadas de la izquierda académica desde la década de los 60, las preguntas de ese tenor han estado presentes en una obra que va desde Lineages of the Absolutist State (1974) [El Estado absolutista, Madrid, Siglo XXI, 1979] a su historia intelectual de la política exterior norteamericana, de 2015 [Imperium et Consilium. La política exterior norteamericana y sus teóricos, Madrid, Akal, 2014]. De los griegos en adelante, la cuestión ha sido: ¿pone simplemente la hegemonía el lustre del consentimiento moderno a formas más desnudas de dominación?
Retrospectivamente, parece evidente que fue Gran Bretaña el hegemón del siglo XIX. Gran Bretaña era un imperio. En India, el corazón del imperio, gobernaba principalmente por la fuerza. Tal como lo describió Ranajit Guha, padre de la escuela de Estudios Subalternos de Historia desde abajo y uno de los héroes de Anderson, el Raj [la gobernación británica de la India] aseguraba el dominio, pero sin hegemonía. Descansaba sobre la fuerza, no sobre la persuasión. Pero eso no era característico del papel más amplio de Gran Bretaña, que combinaba la potencia de fuego y el alcance de la Royal Navy con formas más sutiles de influencia. El imperio informal de Gran Bretaña descansaba menos sobre la diplomacia de las cañoneras que sobre la tecnología, el dinero y las ideas. La red global de cable, el “Sistema de Westminster”, la legalidad de la “common law”, la religión del libre comercio, la visión de la modernidad ofrecida por el Palacio de Cristal y la Gran Exposición de 1851: todas estas cosas juntas definieron su hegemonía. Una de las cosas llamativas que revela el estudio de Anderson es que hablar abiertamente acerca del papel de la persuasión en el ejercicio del poder tiende a ser signo de un control que se debilita.
Tal como Anderson muestra, fue precisamente a medida que se desvanecía la preeminencia de la Gran Bretaña victoriana a finales del siglo XIX cuando proliferaron los usos del término hegemonía. A medida que iban apareciendo en escena estados tales como Japón, Alemania e Italia, hegemonía se convirtió en un término no sólo de aprobación sino de crítica. La Alemania del káiser amenazaba la hegemonía en el continente. Los marxistas rusos adoptaron el término para describir de qué modo la clase obrera llevaría a las masas campesinas a la revolución. Desde una celda de la cárcel, Antonio Gramsci, el dirigente del comunismo italiano, invocó la hegemonía para conceptualizar de qué modo los burgueses mantenían su control sobre el poder. Para Gramsci, estaba claro que la hegemonía del siglo XX seguiría hablando inglés, pero con acento norteamericano. Fue el primero en describir una nueva era de opulencia de producción en masa, lo que él denominó “fordismo”. Norteamérica le dio también al mundo a Woodrow Wilson y su promesa de autodeterminación. Hollywood era la fábrica de sueños mundial. En los años 20 y 30, la influencia de Norteamérica se dejaba sentir por doquier. El mundo estaba a la espera del poder norteamericano.
Pero como recalcó un contemporáneo perspicaz, la Norteamérica de entreguerras siguió siendo una “presencia ausente”. Ejercía una inmensa influencia, pero lo hacía indirectamente. Conforme surgía una nueva ola de insurgentes — la Alemania nazi, el Japón imperial — lo que se reveló fueron los dolorosos déficits de la hegemonía sin predominio, influencia ni persuasión sin el respaldo del compromiso político o los medios de dissuasion o coacción. Haría falta una II Guerra Mundial para que los EE.UU. surgieran como potencia dispuesta y capaz de imponer el orden en Europa y Asia Oriental. Europa sería testigo en el Plan Marshall de lo que el historiador de la economía Charles Kindleberger bautizaría como era de la hegemonía norteamericana hecha y derecha. En el Massachusetts Institute of Technology de los años 70, Kindleberger proporcionaba el estudio de la historia que dio forma a toda una generación de científicos politicos y economistas norteamericanos. La economía mundial, sostenía Kindleberger, trabajaba bien cuando disponía de un ancla. Trastabilleaba y se escurría cuando carecía de ella. Una vez más, para cuando se teorizó, la hegemonía estaba en crisis. A medida que se derrumbaba el sistema monetario de Bretton Woods, se asentó la estanflación. ¿Se trataba de un efecto lateral inevitable de la pérdida de liderazgo norteamericana? ¿Necesitaba de verdad la economía mundial un centro dominante? Con Europa recuperada de la destrucción de la guerra y Japón en auge, ¿no podría bastar la cooperación y la coordinación?
Eso es precisamente lo que llevarían a cabo Ronald Reagan y Margaret Thatcher y sus seguidores en Europa: Helmut Kohl, Bettino Craxi y, finalmente, también François Mitterrand. Conforme se relativizó la posición de Norteamérica, lo que surgió no fue el caos sino algo más omnipresente: la hegemonía liberal renacida en forma liberal de revolución del mercado, o, como hemos aprendido a llamarla, de neoliberalismo. Hacia 1989 la nueva hegemonía parecía destinada a declarar la victoria última, nada menos que el final de la historia. Como sabemos, eso fue prematuro. Leemos a Anderson porque ningún comentarista histórico se ha tomado más en serio la estructura histórica del poder liberal y nadie la ha criticado de modo más eficaz. Leemos hoy a Anderson con mayor atención todavía, porque los diez años pasados desde el arranque de la crisis financiera global en 2007 han significado una aplastante vindicación de la predicción básica del marxismo académico: la hegemonía liberal no se sostiene de por sí. Está lastrada por la crisis, poseída por una radical incertidumbre y produce incesantemente enemigos dentro y fuera. Desde luego, considerando los acontecimientos de 2016, puede que hayamos llegado a un punto en el que, por tomar prestada una frase de Donald Trump, la izquierda intelectual esté “cansada de ganar”.
The H-Word se concluyó en octubre de 2016 y tiene uno la impresión de que Anderson afilaba sus armas críticas para habérselas con la coronación de Hillary Clinton. Por el contrario, como todos los demás se enfrenta al desafío de dar sentido a una presidencia bien distinta. ¿Cómo responderá el más destacado crítico de la hegemonía liberal al chirriante desplazamiento del melifluo Barack Obama por la tosca toma del poder de Trump y su séquito? Como suele comentarse, Trump está volviendo prescindible la comedia. ¿Logrará hacer lo mismo con el izquierdismo intelectual sofisticado? Considerando la evidente amenaza de la derecha y su propia debilidad política, ¿debería la izquierda avenirse a las llamadas centristas a la unidad, formando una suerte de Frente Popular del siglo XXI? Apenas podemos imaginar que Anderson esté de acuerdo con esto. En su momento álgido, la hegemonía liberal estaba especialmente feliz de declarar, “no hay alternativa”. Sería dolorosamente irónico que esa declaración hegemónica conllevara mayor fuerza práctica en medio de la caótica descomposición del liberalismo.
The H-Word: The Peripeteia of Hegemony, Perry Anderson, Verso, Londres, 208 páginas

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