“La próxima semana me quedo sin nada”: La crisis argentina en historias de despedidos de una fábrica

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La fábrica de Gaelle, una reconocida marca argentina de zapatillas, luce abandonada. El establecimiento, ubicado en la zona de Gerli, provincia de Buenos Aires, es tétrico. Las persianas están rotas y no se perciben movimientos en todo el edificio, como si un cineasta especializado en suspenso hubiese diseñado la escenografía. Al tocar el timbre, nadie contesta, y aunque el lugar parezca de ciencia ficción, un cartel en la entrada principal da la bienvenida con un golpe de realidad: “Sin actividades”.

Aquella empresa nacional desde hace más de tres décadas producía calzados urbanos y deportivos, pero en los últimos años sus directivos optaron por reducir notablemente la fabricación local para importar cada vez más productos de países como China, donde la mano de obra es más barata. Así las cosas, desde 2015 hasta hoy despidieron a 350 trabajadores y en las últimas semanas echaron a la última tanda de 60 empleados. Actualmente, solo mantienen sus cargos algunos subordinados administrativos, o aquellos que ocupan puestos en áreas que todavía son necesarias, como portería o seguridad, pero Gaelle ya no fabrica siquiera un cordón.

Por su parte, mientras el Gobierno de Mauricio Macri no pone límites a la apertura de importaciones, los obreros despedidos decidieron organizarse y desplegaron un acampe junto a las oficinas centrales de la compañía, en la localidad de Piñeyro, partido de Avellaneda, también en Buenos Aires, una zona reconocida por su actividad industrial. Son pocos, no superan los 20, pero pasan día y noche junto a sus compañeros para intentar recuperar las fuentes laborales. En efecto, desde hace una semana decidieron instalar las carpas en la puerta del depósito principal, para evitar que entren o salgan camiones con zapatillas importadas y así dar un golpe a los bolsillos patronales. “Pagá, ladrón”, dice una de las tantas pintadas que hay en los portones del sitio. Vale mencionar que la mayoría de aquellos ex empleados todavía no cobró su compensación económica correspondiente tras los despidos, obligatoria según la ley local.

“Un día llegamos —el 23 de agosto— y nos encontramos con que la fábrica estaba sin actividad”, relata Iván Campos, quien se desempeñaba en el sector de expedición, controlando la mercadería y cargándola en el sistema interno de la empresa. “A compañeros despedidos antes que nosotros les ofrecían el 50% de las indemnizaciones y el otro 50% en zapatillas”, comenta con indignación. En muchos otros casos, los pagos se realizaron en cuotas. Asimismo, Campos tiene dos hijos y una pareja, sin empleo: “Por suerte tenía unos pesos ahorrados, pero ya la próxima semana me quedo sin nada directamente“, se lamenta. Al mismo tiempo, describe: “Hoy trabajan 10 o 15 personas nomás, es que ya se trae el producto terminado. Así se ahorran salarios, electricidad y alquiler. Todo. No podemos competir contra el producto importado”.

Muchos trabajadores despedidos realizan un acampe frente a las oficinas de Gaelle, en el partido de Avellaneda, provincia de Buenos Aires (Argentina), en octubre del 2018. Leandro Lutzky / RT

Por su parte, Fernando Ismael Sacarías era el encargado del aparado, es decir, de todo el sistema de costura que compone al calzado. Trabajó durante 14 años, pero su rutina cambió cuando lo mandaron al depósito a recibir mercadería china y brasilera. Finalmente, comenzaron los despidos, hasta que también le tocó a él: “Tengo cinco chicos. Ahora estoy ‘mangueando’ —pidiendo dinero— y usando la tarjeta. Después Dios la pagará”, dice aquel nuevo desocupado, visualizando sus próximas deudas con el sistema financiero. Al mismo tiempo, cuenta que la compañía argentina “importó productos toda la vida, pero con este Gobierno mucho más”. Así las cosas, los manifestantes se sienten abandonados por aquellos organismos que deberían velar por sus derechos laborales: “El sindicato desapareció y el Ministerio de Trabajo también, nadie nos apoya”.

“Cuando me echaron estaba embarazada de seis meses”

Claudia Gómez tiene 39 años, de los cuales 23 se los dedicó a Gaelle. Está sentada dentro de la carpa, charlando con sus compañeros desempleados. Una bandera colgando de la tienda acompaña la conversación: “Trabajadores en lucha”, expresa. Su panza es gigante, nadie podría justificar su despido arbitrario argumentando un presunto desconocimiento sobre el estado de gestación. Actualmente transita su octavo mes de embarazo; espera dar a luz al pequeño Homero en los primeros días de noviembre. “Cuando me echaron estaba embarazada de seis meses y pico”, relata.

Claudia Gómez está en su octavo mes de embarazo y fue despedida hace pocas semanas de la empresa argentina Gaelle. / Leandro Lutzky / RT

Gómez entró a la empresa cuando tenía 16 años, es decir que le dedicó más de la mitad de su vida a la fábrica. Comenzó en el sector del aparado, que es donde se arman las zapatillas sin suelas. Luego fue maquinista, hasta pasar al sector de control de calidad. “Más tarde, en el 2011, me tuvieron que operar los brazos con la Aseguradora de Riesgos del Trabajo (ART), por una enfermedad del desgaste profesional. Entonces cambié de área, al cortado”, comenta. Claudia puso el cuerpo en el trabajo, pero no hubo contemplaciones cuando fue notificada sobre su despido: “Alquilaba un hogar y tuve que dejarlo, obvio. Cayó todo para atrás, volví a la casa de mamá, y bueno, a pelearla”.

Ella tampoco recibió compensación alguna por parte de la patronal. En efecto, la empresa les colocó a todos los desempleados la misma causa para sus despidos: un presunto boicot para frenar la producción, algo desmentido por el lado de los obreros. “Queremos la reincorporación, y si no se puede, nos deben la indemnización”, exige Gómez. Cuando termina de hablar, sus compañeros la aplauden, mientras ella deja caer unas lágrimas; la euforia de resistir junto a sus amigos y la tristeza por estar sin trabajo son sentimientos que se mezclan de forma constante.

En esa línea, su compañera Lorena Valay, también echada, cuenta los motivos del acampe: “Tenemos miedo que vacíen la fábrica y nos quedemos sin nada. No los vamos a dejar, porque debemos cuidar nuestras fuentes de trabajo”. Sin embargo, hay momentos en los cuales aumenta la tensión: “Cuando sacan un camión, llaman a la Policía, pero estamos dispuestos a aguantar lo que sea“, subraya.

“Me puse la camiseta de la empresa y hoy no tengo respuesta”

A pocos metros del portón, junto a las oficinas principales, un grupo de despedidos comienza a preparar el almuerzo. El sindicato les otorgó algunos trozos de carne para sobrellevar el momento, y los hombres demuestran su destreza culinaria en una especie de sartén gigante, para que nadie se quede sin comer, al menos por ahora. Los chistes van y vienen. El aroma de las verduras saltadas en aceite, dándole forma a una salsa casera, llama la atención de la cuadra. Junto a la vereda se visualizan más grifitis, con insultos hacia los empresarios. Los cocineros afirman que los autores fueron los vecinos, y no ellos. “¿Todavía no les pagó?”, pregunta una anciana del barrio, que pasa por el lugar.

Los trabajadores despedidos preparan el almuerzo durante la jornada de protesta, mientras bromean entre sí y comparten un momento de unión. Leandro Lutzky / RT

Por otro lado, en la recepción de la compañía afirman que no hay ningún directivo disponible para dialogar con RT. No obstante, al cabo de unos minutos, los hijos de José Lópes —máximo director de la empresa — salen del lugar, sin mirar a nadie a los ojos. Mientras tanto, los herederos son saludados por los trabajadores echados: “¡Ladrones! ¡Entreguen la plata, ‘chorros’!”. Así las cosas, rápidamente ingresan a un automóvil con vidrios polarizados, y los obreros les dan su despedida, al unísono: “¡Delincuentes!”.

El buen clima se quebró, y en medio de la tensión, el delegado gremial David Villalba considera: “No es por apuntar contra el Gobierno de turno, pero desde 2015 el calzado fue devastado“. Y sigue: “Hablamos de sueldos bajos, de entre 15.000 y 20.000 pesos (entre 400 y 540 dólares). El problema mayor es por las cargas sociales y que algunos compañeros tenían 45 años de antigüedad en la empresa”.

Las oficinas de Gaelle fueron pintadas por los vecinos del barrio Piñeyro, partido de Avellaneda, según relatan los obreros echados. Leandro Lutzky / RT

Melisa García es otra de las despedidas indignadas, quien trabajó en Gaelle desde los 17 años: “Le regalé 23 años a una fábrica, la verdad que di bastante, me puse la camiseta de la empresa y hoy no tengo respuesta”. A su vez, añade: “Y en los mejores momentos, nunca nos dio un aumento”. Recientemente, García logró acceder a un seguro de desempleo del Estado, con lo que podría aguantar unos días más. Además, acaba de conseguir una entrevista laboral, pero prefirió quedarse en la carpa, con sus compañeros.

Estado de alerta

Bajo este contexto, desde la Unión de Trabajadores de la Industria del Calzado de la República Argentina (UTICRA) publicaron una solicitada en abril de este año donde piden que no se destruya la industria nacional. Sobre ello, el sindicato destacó que en 2017 se batieron récords de importaciones y subraya que esa política ya causó al menos 6.000 despidos en el sector. En efecto, el achique de personal en el rubro se hizo habitual en los últimos meses. De hecho, por citar un ejemplo más reciente, Alpargatas —otra importante empresa nacional textil— anunció que echará a 500 obreros a comienzos de octubre, pero a fines de septiembre ya había definido la partida de otros 490 operarios debido a la caída del consumo interno.

Por su parte, el ministro de Producción y Trabajo, Dante Sica, ya había anunciado a fines de septiembre que “los esfuerzos se mantienen en sostener el trabajo, que no despidan personal, y subsidiar salarios algunos meses para evitar que baje el nivel de empleo”. A su vez, desde ese Ministerio le aseguran a RT: “Necesitamos trabajar con una mirada sobre el corto plazo para atender a la coyuntura, pero también definir un perfil productivo para que el sector del calzado incorpore diseño, certificaciones de calidad e innovación para potenciar las exportaciones. Sobre todo ahora que el nuevo tipo de cambio nos abre una oportunidad para pensar en el mercado externo”.

La fábrica de Gaelle, ubicada en la localidad de Gerli, provincia de Buenos Aires (Argentina), luce abandonada en octubre del 2018. / Leandro Lutzky / RT

Al mismo tiempo, desde la oficinas estatales destacan que “en la agenda de corto plazo se trabaja en diversas medidas para sostener la actividad”. Además, los voceros de aquella cartera comentan que están manteniendo programas de financiamiento destinado a los consumidores finales, es decir, para que se pueda comprar en cuotas. A su vez, resaltan que se desarrollan programas específicos para fomentar el comercio exterior de pequeñas y medianas empresas, como Exporta Simple, y añaden: “El Ministerio de Producción está organizando junto con la Cámara de la Industria del Calzado una misión comercial a Chile para fines de octubre”.

Sin embargo, aún no se explicó si el Gobierno va a presionar a las firmas radicadas en su territorio para que reduzcan sus niveles de importaciones y apuesten por la mano de obra local. Así las cosas, el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) ya oficializó que en ese país sudamericano el 27,3% de la población era pobre, al menos hasta junio de este año, aunque Macri sostiene que asumió la Presidencia en 2015 con un índice superior al 30%. Actualmente, ello significa que una de cada cuatro personas no alcanza a cubrir sus necesidades básicas en Argentina.

De todos modos, la calle dice más que los números.

Fuente: https://actualidad.rt.com/actualidad/291430-crisis-argentina-historias-despedidos-fabrica

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