La injerencia imperial fue nefasta en la invasión del Pacífico de 1879

In Bolivia, CatArtBolivia


Por ELISEO CABRAL*, 23 de marzo de 2018

La Paz, Bolivia — La injerencia del imperialismo inglés en la invasión (mal llamada Guerra) del Pacífico (1879-1883) es una muestra del modus operandi de los países colonialistas. Como poder supremo de los mares el imperio inglés armó y entrenó al ejército chileno como punta de lanza hacia los yacimientos salitreros de Bolivia y Perú; y tuvo entre sus alumnos aventajados de su imperio nada menos que a un futuro contraalmirante chileno, Patricio Lynch, soldado suyo en otras invasiones británicas en China e India. Lynch fue una especie de Augusto Pinochet de ese entonces, y quizá algo peor, en este caso una invasión de capitales a su propio país un siglo más tarde; y más acá análogo a un René Barrientos, Hugo Banzer o Jorge Quiroga en subordinación absoluta de Washington, aún bajo una apariencia democrática. Por lo menos Inglaterra debió proveer, de motu propio toda la documentación sobre la invasión del Pacífico al país afectado: Bolivia.

Y fueron tan evidentes las acciones del imperialismo inglés que delineó el mapa mundial subordinando regiones, dividiendo países ya articulados o desmembrándolos por intereses económicos. Hoy su ‘geopolítica’ es causa y motivo de guerras y tensiones que amenazan a la misma paz mundial, tal como sucede en medio Oriente, particularmente con Palestina, víctima del sionismo. Otra nación que resintió sus efectos fue Argentina y la invasión, también británica, a las islas Malvinas. Y así los ejemplos suman y siguen: Belice, Kuwait, etc. Pero si hasta Israel devolvió la península del Sinaí a Egipto, resultado también de una invasión, pero Chile no lo hace, porque sus puertos están privatizados en pleno siglo XXI por un neoliberalismo radical, de orientación capitalista y norteamericana. ¿Qué quiere decir esto? Que su geopolítica avasalla territorios de otros países bajo un disfraz patriotero y de ‘incertidumbre’ económica, es decir apropiado para que los países llamados sub-desarrollados garanticen ganancias a sus asimétricas inversiones: 1 $us x 10, aunque para ellos estos países solamente son ‘sub-explotados’. Bolivia fue poseedora antes de la invasión de la rica mina de cobre de Chuquicamata, la llamada ‘billetera de Chile’: pérdida además por lucro cesante y por doble partida. Lo real y lo potencial.

Como efecto de esta desmovilización, paradójicamente territorial y nacional, promovida en el frente interno, el enclaustramiento boliviano fue considerado por las oligarquías agroindustriales del oriente como un ‘problema de los collas’, a contramano de su propio pueblo. Hoy, la derecha boliviana protesta por la inclusión de la Whipala en la bandera de reivindicación marítima, es decir un símbolo reconocido por la Nueva Constitución Política del Estado, alineándose con la reacción chilena de negación de las naciones indias. No es de extrañar que las clases medias y altas bolivianas tuvieran una inocultable simpatía por Pinochet, cuya herencia ideológica no ha desaparecido. Esto se vio en las intenciones de los ex presidentes Jorge Quiroga, Gonzalo Sánchez de Lozada y su vicepresidente Carlos Mesa, de exportar a rajatabla el gas boliviano a precio subvencionado por un puerto chileno a EEUU. La planta de licuefacción del gas estaría emplazada en un puerto privatizado por Andrónico Luksic, un empresario que estuvo involucrado con el hijo de Michelle Bachelet en un grave caso de corrupción inmobiliaria.

Lo cierto es que la geopolítica imperial tiene también eficaces herramientas de represalia contra los nacionalismos sospechosos, como los de Venezuela, pero calla y otorga por los internacionalismos financieros y especuladores, tal como es el  modelo chileno. Y hoy, aquella geopolítica imperial también cuenta con una su herramienta para escarmentar o presionar a los rebeldes: los llamados ‘capitales golondrina’.

*Es mienbro de la Comunidad de Instigadores Antiimperiales de Bolivia, CIA BOLIVIA.

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