La injerencia colonialista en Bolivia

In Bolivia, CatArtBolivia

Delfín Arias Vargas (*)

Hace algo más de una semana, el expresidente Tuto Quiroga expuso que algunos países y organismos internacionales “pronto” harán consultas sobre la nueva postulación de Evo Morales a la Presidencia y eventualmente asumirían acciones en contra del fallo del Tribunal Constitucional Plurinacional que dio luz verde a la repostulación indefinida de autoridades electas.

“Van a haber Estados y otras instancias como la Comisión de Venecia, gente de la OEA, que van a hacer consultas sobre esta materia, porque es un tema que causa altísima preocupación en el sistema interamericano”, aseguró Tuto.

Sin querer queriendo y sin sonrojarse, el ex Presidente desveló un sombrío plan de injerencia imperial en asuntos internos de un Estado soberano, un plan orientado a desacreditar la institucionalidad democrática y socavar la estabilidad de un gobierno legalmente constituido.
Ahora bien, la injerencia colonialista en Bolivia es de muy larga data. Desde los primeros tiempos del colonialismo europeo en América, el actual territorio boliviano ha sido objeto de la codicia orientada al saqueo de sus recursos naturales.

Durante el largo proceso de dominación, el colonialismo tejió una historia críptica, oscura y enigmática en la que felipillos al servicio de la Corona Española jugaron un lúgubre rol de traición en contra de sus hermanos,

Tras el arribo de Cristóbal Colón al Abya Yala, el 12 de octubre de 1492, cientos de aventureros europeos emprendieron el reconocimiento territorial del nuevo continente y la incorporación de los territorios a la Corona Española supuso una conquista cruel y despiadada.

Según el historiador Leónidas Ceruti, el descubrimiento de oro y plata en el nuevo continente desató un verdadero aluvión colonizador. Centenares de expediciones y millares de hombres vinieron tras los pasos de fabulosas fortunas.

En pocos años, españoles, portugueses, británicos, holandeses y franceses se disputaron el gigantesco botín, por lo que un siglo después de la llegada de los europeos al Abya Yala, de 70 millones de indígenas preexistentes en el continente sólo quedaban tres millones y medio de almas.

La casi extinción de la población nativa generó otro genocidio: el repudiable comercio de seres humanos que arrancó millones de africanos de su tierra natal para traerlos como nueva mano de obra esclava.

En ese contexto, la sociedad capitalista se concibió a partir de la sangre, la esclavitud y el saqueo impulsado por las potencias europeas de la época, y las riquezas capturadas por el pillaje, la esclavización y la masacre refluían hacia la metrópolis donde se transformaban en capital.

Carlos Marx escribió que los descubrimientos de los yacimientos de oro y plata en América, la cruzada de exterminio, la esclavización de las poblaciones indígenas forzadas a trabajar en las minas, la conversión del continente africano en cazadero de esclavos negros, son hechos que cimentaron la era de producción capitalista.

Desde esa época, las clases dominantes y los pueblos del continente tienen una larga historia de enfrentamientos. Unos por continuar la explotación y los otros por su liberación.

Tras los procesos independentistas de principios del siglo XVIII fueron los colonialistas internos los que asumieron el control de los emergentes países latinoamericanos e impusieron una relación de dominación y explotación. Los criollos sustituyeron a los europeos al frente de las nacientes repúblicas.

Pablo González Casanova describe que el colonialismo interno implica una forma de explotación y dominación combinada, una especie de mezcla entre feudalismo, esclavismo, trabajo asalariado y forzado, aparcería y peonaje, servicios gratuitos.

Desde entonces, el sistema de dominación colonial y los gobernantes funcionales a ese status quo son responsables del empobrecimiento generalizado, del hundimiento de las economías y el descomunal saqueo de las riquezas naturales de los países latinoamericanos.

Políticos oligárquicos como Tuto, fervientes partidarios de la injerencia extranjera y la enajenación de los recursos naturales, han sido los causantes de que millones de niñas y niños, mujeres y hombres padezcan hambre, miseria y marginación.

Desde el punto de vista de su potencial económico, Bolivia ha sido considera por el colonialismo como “un enorme depósito de minerales”, y por su ubicación geográfica como “una tierra de contactos”. Es decir, siempre estuvo y está en la mira del imperialismo.

Hasta el 18 de diciembre de 2005, día en el que Evo fue electo Presidente, Bolivia fue administrada por gobiernos que condenaron a la pobreza a millones de personas, mientras sus acólitos usufructuaban de las migajas que les dejaba la enajenación de los recursos naturales.

Entonces, ¿por qué los amigos de Tuto expresaron su “altísima preocupación” por asuntos internos que sólo atañen a las y los bolivianos?
Porque en el marco de sus facultades constitucionales, el Tribunal Constitucional Plurinacional interpretó correctamente el artículo 23 del Pacto de San José, que garantiza el ejercicio de los derechos políticos, y dio luz verde a la re postulación sin límites de autoridades electas.

Está claro que en materia de derechos políticos, el Pacto de San José no establece límite alguno al derecho a ser electo, y el artículo 256 de la Carta Magna ordena que en materia de derechos humanos los tratados internacionales que “declaren derechos más favorables” que la misma la Constitución, “se aplicarán de manera preferente”. El Tribunal Constitucional actuó en consecuencia.

El imperialismo sabe que con Evo como candidato, la obediente oligarquía boliviana tiene pocas opciones para alcanzar un triunfo electoral en las elecciones para el periodo 2020 – 2025, por lo que alienta protestas sociales, financia a grupos antidemocráticos; colabora, asesora y apoya a una elite servil que pretende recuperar el poder político perdido el 18 de diciembre de 2005.

Por eso el imperialismo y la oligarquía boliviana están empeñados en bloquear la candidatura del actual Jefe de Estado, conspiran contra la democracia boliviana y tildan de ‘dictadura’ a un gobierno con una amplísima base popular.

En el desarrollo de la campaña sucia que implementan, particularmente desde las redes sociales, expanden rumores para sembrar el miedo y la desconfianza de la población, y difunden calumnias, mentiras y engaños para desprestigiar a Evo; porque como en el pasado, el objetivo imperial sigue siendo apoderarse —mediante un gobierno servil— de las riquezas naturales de Bolivia.

En ese contexto, no puede ser catalogado como ‘una dictadura’ un gobierno que hizo de la consulta popular su medio vital para gobernar obedeciendo al pueblo, que puso al país en la senda de la industrialización, que recuperó los recursos naturales, la dignidad y la soberanía de la patria de la voracidad del imperialismo que defienden Tuto y sus amigos.

(*) Comunicador social y periodista. Fue profesor universitario.

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